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Motivación y altruismo

Autor: José Carlos Bermejo

Año publicación: 2023

¿Qué nos mueve a hacer el bien? ¿Es todo ternura como parece? ¿Acaso no nos buscamos también a nosotros mismos, nuestra satisfacción y beneficio? ¿Es el altruismo una mirada totalmente desinteresada? ¿Somos egoístas al hacer el bien, buscando, en el fondo, hacernos bien a nosotros mismos? ¿Qué hacemos con las motivaciones cuando no son tan puras como parece?

La conducta prosocial es un concepto reciente. Se investiga actualmente más sobre el funcionamiento de las conductas compasivas, solidarias, las que buscan aparentemente el bien del otro. Nos interesan cómo son las motivaciones de este tipo de conductas para promover un mundo solidario, combinando sanamente la compasión con el beneficio, el bien de uno con el del otro.

Las motivaciones para llevar a cabo o no un comportamiento de ayuda (comportamiento prosocial) pueden ser las más diversas, desde las más altruistas hasta las más egoístas.

Comportamiento prosocial

El comportamiento prosocial es el repertorio de comportamientos de carácter social y positivo. Existen dos tipos de conductas sociales positivas: las conductas que reportan un beneficio para ambas partes implicadas y las conductas que solo benefician a una de las partes.

El comportamiento prosocial es toda conducta social positiva se efectúa para beneficiar a otro en presencia (o no) de motivación altruista, como por ejemplo dar, ayudar, cooperar, compartir, consolar, etc.

Strayer propone una clasificación de cuatro tipos de actividades para clarificar el fenómeno de la conducta prosocial: En primer lugar, actividades de dar, compartir, intercambiar o cambiar objetos con otros individuos. Por otro lado, las actividades cooperativas; en tercer lugar las tareas y juegos de ayuda; y en cuarto lugar las actividades empáticas hacia el otro.

En la conducta prosocial el beneficio recae en la otra persona, mientras que en la conducta cooperativa ambas partes se coordinan para obtener un beneficio mutuo. Ahora bien, determinar cuánto gana cada una de las partes es en sí un reto para la psicología y las ciencias del comportamiento en general. A fin de cuentas, la voluntad de ayudar a alguien y la satisfacción de haberlo hecho son en sí factores que nos hablan de una recompensa para el individuo altruista.

Altruismo y egoísmo

En sus estudios sobre psicología de la salud, Luciano Sandrin evoca varias veces el hecho de que resulta difícil creer que exista un altruismo puro.

El comportamiento de ayuda que una persona lleva a cabo sin esperar recompensa no es siempre totalmente altruista. Algo recibe a cambio o, por lo menos, se lo espera: un poco de estima, de afecto, sentirse mejor, la gratitud de aquel a quien ayuda, una forma de reparación, algo que le haga merecerse el cielo, etc. Por eso, los pesimistas insisten que el amor altruista no existe, que es todo egoísmo.

En el fondo, la realidad es más compleja. Lo que impulsa a socorrer a una persona que necesita ayuda puede ser una intensa capacidad empática, pueden ser las normas sociales (equidad, justicia, reciprocidad y responsabilidad) y religiosas, o valores estrictamente personales.

En efecto, ayudar a quien está en dificultad hace que se sienta bien no solo quien recibe la ayuda, sino también quien la da.

En el comportamiento prosocial, en las varias formas en que se expresa la ayuda a los demás, entran en juego diversos factores, a saber, las características de quien ayuda, sus recursos, su estado de ánimo, su competencia y la eficacia prevista y percibida de su acción. El hecho de ayudar o no está también influido por la interpretación de las condiciones de necesidad de persona en dificultad, por la atribución de culpa (se tiende a no ayudar si se juzga a la víctima culpable de cuanto le ha sucedido, es decir, que nos vemos llevados a ayudar a quienes se lo merecen), por la semejanza de la víctima con el potencial ayudante (simpatía o pertenencia al mismo grupo social o religioso).

Pero el mundo de la motivación es más complejo e interesante. Se puede estar motivado a ayudar a los otros también por los beneficios que se piensa obtener (no solo ventajas económicas, sino también emocionales, como sentirse mejor al mitigar los sufrimientos del otro), o bien desalentado por los costes y los riesgos en los que se piensa que se incurre.

Al hablar del altruismo en la socialidad positiva, Silvia Bonino, una psicóloga especialista en el tema, prefiere subrayar la función activa del individuo, y hablar de acción y no simplemente de comportamiento: “Con el término acción se hace referencia en psicología a un comportamiento intencional, voluntario y sometido al control personal, aunque estas características pueden variar muchísimo e ir de un mínimo hasta un máximo. La acción altruista, aun en el marco de condicionamientos contextuales de diverso tipo, implicaría entonces una decisión y una elección, y se realiza en la relación dinámica entre dos personas.

Purificar las motivaciones

No siempre, pues, detrás del aparente comportamiento altruista está la mera búsqueda del bien ajeno. También uno se busca a sí mismo. ¿Es ilícito? ¿Hay que dejar de ayudar a otros cuando descubrimos en nosotros motivaciones limitadas, sentimientos mezclados, entre altruismo y egoísmo?

Quizás, si solo mantuviéramos las motivaciones que pudiesen pasar por algún filtro de pureza, nos quedaríamos sin acciones de compasión. El desafío puede consistir en conocer la mezcla de sentimientos, valores, razones (de la cabeza y del corazón), que nos llevan al comportamiento altruista de ayuda. Y, reconocida la impureza, la búsqueda también del bienestar emocional de uno mismo, el motor del sabor de la satisfacción por compasión, purificar las motivaciones.

Deber y placer no han de ser polos opuestos. Hacer el bien y sentirse bien no tienen por qué ser incompatibles. Empoderarse frente a los propios miedos y angustia por el camino de la solidaridad para quien está en situaciones angustiosas, no ha de ser un mal. Sentirse bien por el bien cumplido, por el agradecimiento recibido, por la compensación emocional, económica, social, de prestigio, etc., no ha de ser motivo de bloqueo del comportamiento compasivo. Si el altruismo no es absoluto, porque no solo se busca el bien de los demás generosa y desinteresadamente, no hay por qué evitarlo.

Aunque importantes, las buenas razones no son suficientes. Puede hacerse daño no solo a los demás sino también a uno mismo. Cuantos se dedican a esta actividad, por profesión o voluntariado, pueden ser víctimas de engaños, que deben revelarse y analizarse, para interpretar bien los propios sentimientos y emociones, entender las propias necesidades y las motivaciones que nos animan, expresar comportamientos correctos y vivir de modo transparente y satisfactorio, para sí y para los demás, las propias relaciones. El engaño es el mayor peligro para quien se presta a ofrecer ayudar, porque tergiversa el significado de las acciones, hace equivocarse de destinatario, crea confusión en los afectos, introduce relaciones insostenibles.

Purificar las motivaciones, para que siempre se priorice la satisfacción de las necesidades del otro, y no solo las propias, será siempre algo a lo que estar atentos. Los tangibles e intangibles de retorno en el comportamiento compasivo, son también lícitos, mientras no se instrumentalice al ayudado, mientras no se le ponga como mero medio para el fin de la autopromoción o satisfacción. Altruismo y egoísmo también pueden, en parte, caminar de la mano. Humanizar también pasa por purificar las motivaciones, no por despreciar o anular las que no sean puras en origen.

 

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