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Motivación y adherencia

Autor: José Carlos Bermejo

Año publicación: 2023

¿Cómo conseguir la fidelidad a las indicaciones en las relaciones terapéuticas? ¿Qué garantiza el cumplimiento de las pautas de prevención, tratamiento, cambio de conducta, de hábitos, pautas rehabilitadoras? ¿Qué mueve la voluntad para que el deseo y la motivación de recuperar la salud e integrarse o normalizarse sea exitoso?¿Basta con leer el prospecto de los fármacos o las indicaciones médicas?

En sentido general, se constata que los aspectos cognitivos, emotivos, éticos y motivacionales deben ser variables a tener más en cuenta para el diseño y ejecución de intervenciones encaminadas a incrementar o favorecer la adherencia terapéutica en las profesiones de ayuda.

La adherencia es el grado en el que un paciente sigue las recomendaciones del prescriptor. Su no seguimiento genera fracaso en la alianza terapéutica, frustración en el ayudante, uso inadecuado de recursos o desperdicio de los mismos. Es frecuente que se sobreestime el control del profesional en el seguimiento y cumplimiento de las pautas.

Adherencia

La falta de adherencia a tratamientos es un problema de salud muy prevalente. La ingenuidad de quien diagnostica y pauta y confía a ojos cerrados en que se producirá el efecto deseado porque el paciente hará lo indicado, es importante.

La motivación favorable a seguir pautas está relacionada con la información que se posee, su claridad y el grado de empoderamiento logrado mediante la relación. Es indiscutible que la motivación y la voluntad para tomar parte respecto al control de algo y el cambio comportamental son fundamentales para el autocuidado y el óptimo resultado en los procesos de enfermedad.

La motivación hacia el tratamiento está estrechamente unida al conocimiento, como un predictor importante de la adhesión. Del mismo modo, la ausencia de la motivación presente en la conducta de no adherencia está vinculada con la percepción individual de costos-beneficios asignada al hecho de seguir la pauta o no. La confianza de poder seguirlo y saber su utilidad es elemento básico que influye en la motivación para adherirse al tratamiento prescrito, porque incide en la esperanza de que tenga un sentido y dé buenos resultados.

El logro de la adherencia está vinculado también con los factores socioeconómicos, es decir, con el impacto en la economía del paciente si sigue fielmente las indicaciones. Por otro lado, están los efectos secundarios. No solo aquellos que pueden derivar sobre aspectos desagradables del consumo de fármacos, por ejemplo, sino las renuncias que puede implicar la adherencia en la gestión del tiempo, en costumbres ya adoptadas anteriormente, etc.

No son menos importantes, además de la información, que nos parece clave, junto con la confianza generada en la alianza terapéutica, las creencias, las significaciones que la persona y su entorno tiene o hace sobre aquello que ha sido indicado y sus consecuencias. A veces, las consecuencias de ser adherente son psicológicas, como, por ejemplo, la dificultad a seguir negando defensivamente. Si uno se adhiere, no puede negar, sino aceptar y, por ello, ser consecuente.

El poder de la palabra

Decía Laín Entralgo que “el fármaco de la palabra sugestiva puede ser veneno o medicamento de los demás, según la intención que se le empele. La palabra modifica la physis de quien la oye.” De modo que la palabra no solo es recurso para promover el seguimiento efectivo de una pauta profesional, sino que la misma palabra es ya tratamiento. Se sigue, que de ella aumente la capacidad de acoger las indicaciones y adherirse a ellas como paciente.

Si el poder de la escucha es inmenso, el de la palabra es indiscutible. Anhelamos la escucha especialmente cuando sufrimos. La necesitamos como la cierva sedienta busca el agua. Buscamos la escucha y esperamos la palabra: la palabra oportuna, comprensiva, adecuada, la que sostiene y, en su caso, orienta, ilumina, conforta, consuela. Y la palabra es uno de los recursos que nos parece más accesible en la relación para provocar la adherencia en la relación profesional.

No siempre la palabra funciona sola, por sí misma, sino que va unida al momento en que se encuentra el individuo. En una ocasión, queriendo consolar a Fray Juan De La Cruz, enfermo, al final de sus días, en Úbeda, le llegó la visita del Provincial. Pero le pilló en un momento impropio o inadecuado para esas visitas que quieren ser de consuelo. Fray Juan, dirigiéndose al Provincial, agonizante, le dirá: “Perdóneme, padre, que no le puedo responder, que me estoy consumiendo en dolores”.

Así también, es importante el cansancio, la desolación, la hostilidad que puede estar viviendo aquel a quien deseamos motivar. Igualmente, será importante la persona del persuasor, su autoridad. Escribe Nietzche, poniendo en énfasis el poder de la mirada en la escucha: “Cuando Zaratustra hubo pronunciado estas palabras, contempló de nuevo a la gente y calló. Velos ahí –se dijo para sus adentros-, velos cómo ríen; no me comprenden, no soy boca para estas orejas. ¿Habrá que reventarles los oídos para que aprendan a oír con los ojos?”.

El poder persuasor de la palabra que provoca la adherencia, está también en función de la competencia comunicacional del profesional. Todo empieza por la competencia narrativa como conjunto de habilidades que se requieren para reconocer, absorber, interpretar y conmoverse con las historias que uno escucha o lee.

En efecto, el paciente que se siente escuchado en el primer encuentro con el médico tiene más posibilidades de responder favorablemente al tratamiento. Por tanto, el profesional tiene el poder de influir en el estado del paciente y su recuperación –al menos hasta un punto-, por eso es esencial que escuche al paciente y que genere una atmósfera de confianza en la entrevista. El manejo de este poder es, así, una responsabilidad ética del profesional.

Motivación y adherencia

Nos conectamos por los afectos, por la confianza generada entre las personas, por la valencia pedagógica del diálogo, por el empoderamiento que vivimos gracias a la comunicación, por el coping o proceso de afrontamiento logrado (más orientado a lo cognitivo o a lo conductual, o, por otro lado, más orientado al problema o, por el contrario, a la emoción).

En todo caso, se activan en nuestro interior motores de deseo, decisiones persistentes de cambio, confianza como ingrediente de la esperanza. Se activan en nosotros esfuerzos por seguir deseando el bien y lograrlo también porque cambiamos, porque cumplimos pautas, porque nos esforzamos. Es decir, nos adherimos. La no adherencia es muy preocupante en las relaciones terapéuticas. Puede ser fuente de altos niveles de frustración y fracaso para los profesionales y caldo de cultivo de cansancio emocional y burnout.

Pero la adherencia a indicaciones integrativas y saludables está en relación, como todo en la vida, con el apoyo social, con el amor. Quien siente que su ayudante refuerza también los afectos, aprecia los vínculos, se interesa por el soporte afectivo, se incluye en el círculo de los refuerzos afectivos…; ese, deposita la confianza en el profesional y refuerza sus dinamismos de compromiso adherente: se motiva. Sin adherencia no hay éxito en las relaciones de ayuda.

 

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