Necesitamos que los misterios de la fe atraigan por su belleza, sean presentados bellamente, elogiados como fuente de vida buena, humanizadores en raíz. Así lo comprendió la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la cultura en 2004, que tituló su documento final: La Via Pulchritudinis.
En él se dicen cosas hermosas: “Lo bello no puede reducirse a un simple placer de los sentidos, porque la belleza no es auténtica si no es en su relación con la verdad”.
“Lo bello, como también lo verdadero o lo bueno, conduce a Dios, Verdad primera, Bien supremo y Belleza misma. Pero lo bello dice más que lo verdadero o lo bueno. Decir de un ser que es bello no es solo reconocerle una inteligibilidad que lo hace amable; significa también que, al especificar nuestro conocimiento, nos atrae, más aún, nos captura mediante una irradiación que despierta el asombro. Si lo bello ejerce un cierto poder de atracción, todavía expresa con más vigor la realidad misma en la perfección de su forma, de la que es la epifanía. Lo bello la manifiesta expresando su claridad íntima”.
“La Via Pulchritudinis es una vía pastoral y no puede limitarse a una consideración meramente filosófica.
Baudelaire hace que Dimitri Karamazov confíe a su hermano Aliosha: “La belleza es algo terrible. Es la lucha entre Dios y Satanás, y el campo de batalla es mi corazón”. ¡Cuánta belleza en el corazón de quien cuida en el sufrir!
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