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La magia de la palabra

La palabra, en las relaciones de ayuda, es como un cincel capaz de dar vida a la mejor de las imágenes que el otro lleva dentro de sí.

Nadie pondrá en duda el poder de la palabra en las relaciones que se producen en el mundo de la salud, por ejemplo. La eficacia de un tratamiento, la fidelidad a su seguimiento, el impacto emocional de una mala noticia, la reacción de una familia ante un fracaso o una situación inesperada y mil situaciones más, están en estrecha relación con el modo como los agentes de salud manejen la comunicación, utilicen la palabra.

Y es que la palabra tiene un poder impresionante. Con ella construimos una especie de aureola en torno a nosotros y a lo que decimos. Con ella inspiramos confianza o desconfianza, atraemos o producimos rechazo, generamos atención o aburrimos, hacemos pensar o matamos la curiosidad. Con ella hacemos reír o llorar, generamos indiferencia o sentimientos intensos.

Con la palabra, damos vida o generamos muerte. Tiene, efectivamente, el poder de una espada afilada. La oratoria, entendida como el arte del buen hablar siguiendo determinadas reglas tiene su origen en Grecia, más específicamente en la antigua filosofía griega. En aquel tiempo la oratoria era parte integral de la formación cultural y ha sido objeto de estudios por muchas personas en cuya profesión estaba incluida el arte de hablar en público.

En contraste con esta realidad, hoy la oratoria se utiliza más específicamente en campos como la administración, el marketing, sectores privados, medios de comunicación y salvo excepciones, jamás es parte de un entrenamiento educativo permanente.

En Grecia se destacaron los sofistas en el siglo IV a. C., que, a diferencia de Sócrates (que utilizaba la mayéutica, el arte de interpelar dialogando) se interesaban por el arte de convencer a través de la palabra.

 

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