Mientras hemos dado tanta relevancia a algunas categorías del cuidado, como por ejemplo al respeto de la autonomía relacional de la persona cuidada, hemos dejado de lado el hecho de que cuidar comporta cultivar la dimensión estética. O mejor aún, es estético (y no solo ético) cuidar. La estética es la hermosura de las cosas, los lugares, la naturaleza, el ser humano. La hermosura que también sabe de debilidad, la que no está siempre al alcance de nuestros ojos, además de la que percibimos con nuestro particular gusto.
Todos los detalles minúsculos que permitan llenar de cariño y de alegría nuestras acciones, haciendo la vida bella y hermosa, constituyen el valor de la estética.
Sí, estético ha de ser también el liderazgo. La belleza, la elegancia en formas y maneras, en palabras y silencios, en presencias y ausencias, en moderaciones y procesos, en espacios y lugares, son también un gran valor que puede definir un liderazgo humanizado.
El liderazgo no es el despliegue y brillo del poder de quien ejerce un gobierno sobre una Organización, grande o pequeña. Es más la capacidad de mantener la armonía y equilibrio, con ejemplo de prudencia, confianza y actitud de servicio que no solo empodera (demasiada moda a la palabra) o delega (espacio para juegos de poder). El liderazgo estético es el que hace brillar los valores humanos y tira adelante en el respeto de la dignidad de los más frágiles.
“Los líderes que se ganan la confianza y la adhesión del colaborador, sitúan su forma de ser y actuar de las personas en tres dimensiones: científico-técnica, afectiva y ética”. La humanización pasa también por esa belleza cuya luz puede encontrarse incluso en la debilidad, en la enfermedad, en el cuidado entrañable y tierno, además de profesional.
Verum, bonum, pulchrum, son los trascendentales atractivos que construyen un mundo atractivo, y se honran en todos los ángulos de las relaciones si se quiere humanizar. Podríamos decir que la belleza que encarna estos trascendentales, salvará el mundo.
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