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Belleza, enfermedad y muerte

Hay una tentación de espiritualidad que consiste en escapar de la fealdad del mundo —del hospital, de la llaga, de la agonía— hacia una belleza paralela, inmune, intangible. San Camilo hace exactamente lo contrario: desciende a la fealdad y la transfigura desde dentro. Su estética es una estética de la encarnación.

La belleza que Camilo descubrió y que quiso transmitir a su Orden no es la belleza de lo perfecto, sino la belleza de lo amado.

Un religioso camilo que «se mostrara frío y helado en el servicio a los pobres enfermos, y se complaciera únicamente en el hábito y en la cruz (hoy diríamos en el uniforme), se asemejaría a un asno macilento, cubierto de una bellísima y riquísima gualdrapa».  La cruz, el uniforme, es bella cuando se vive; la gualdrapa, sin el animal que la mueve, es solo ornamento.

Conviene recordar que San Camilo, descubrió la belleza del cuidado. Es la misma transformación que prometió el Evangelio: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Camilo aprendió a ver a Dios en el lecho del enfermo. Y cuando lo vio, descubrió que era bello.

«No creo que haya un campo más odorífero de flores que me deleite tanto como los olores del hospital, por los que me siento recrear por completo.»

El mensaje del papa a los jóvenes en Madrid, en el pasado mes de junio, contenía esta exhortación: “sed humanos”. Lo recojo hoy como desafío para todos: “seamos humanos”, dejemos que Dios nos embellezca.

 

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