Tempranamente brotados, los almendros disuadieron a Rilke de su ideación suicida. Este es también el poder de la naturaleza: anunciarnos que el invierno no es eterno, que el contenido de la esperanza se asoma, que ninguna noche ha matado al nuevo amanecer. Y es bello levantar acta del ciclo de la vida que renace, contemplarla y dejarse interpelar.
Pero hay belleza también en el otoño. Mucha. Los tonos inmensamente variados, desde el amarillento al ocre, al rojo… Tanta variedad nos sobrecoge y nos envuelve en el misterio de la muerte que, en su presencia, embellece y atrae la contemplación y la admiración.
Nuestros seres queridos mueren. Solo algunos nos sobreviven y llorarán nuestra muerte. Y la belleza… La belleza ha estado en la relación, en el encuentro, en el disfrute de la salud, en la primavera de la vida gozada. Pero, a juicio de tantas personas acompañadas al final de la vida, la belleza está también en el acompañamiento otoñal del final de la vida, en el cierre, en la separación, en el morir. La belleza es posible crearla, darle vida, hacerla emerger con los verbos que humanizan: cuidar, agradecer, perdonar, acoger el legado, trascender, celebrar.
Y entonces, los colores otoñales brillan y compiten con los primaverales.
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