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Aprender la belleza

Si la belleza fuera solo una característica ya inscrita en la realidad o en las personas, no tendría nada de virtuoso o de conquista y cuidado. Estaría y ya. Todos la apreciarían de igual manera como un aspecto armónico, objetivo, atractivo en sí mismo.

Si embargo, hay en la belleza algo que está en la mirada de quien la busca o la descubre, la encuentra, la admira y desea compartir. La belleza nos espera, pero necesita de la mirada reconocedora y de la atención esmerada. La belleza se cuida, se genera, como resultante de quien dignifica con su compasión.

Por eso, somos capaces de engendrar belleza. Lo hace el artista, el poeta, el músico, el diseñador. Con su creación, provoca el asombro y el aprecio ante un resultado que puede tener de paradójico, en tanto que puede incluir belleza y fealdad, lado luminoso y lado oscuro.

Hay belleza sin igual en La Piedad. Y, sin embargo, el objeto es un cuerpo asesinado y maltratado, muerto. Nada menos que en brazos de su madre afligida y doliente. Así es posible la belleza en la vida humana: se construye con el cincel del cuidado, de la atención entrañable, de la reverencia y dignificación del sufriente.

 

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