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Acompañar en el duelo postraumatico

He recibido esta carta de Caracas. Es un testimonio de solidaridad que comparto.

Apreciado profesor José Carlos.

Soy A., fui alumno suyo en el Camillianum de Roma en los dos seminarios que da usted allí. Desde tiempo quería escribirle, no solo para saludarle sino también para agradecerle lo que hizo por mí, no tanto en el curso sino cómo esto me ha servido para la vida. Ahora trabajo en nuestra parroquia de X, en Caracas. El barrio se llama el Cementerio porque esta justo al lado del Cementerio y también el nombre le viene bien por la cantidad de muertes violentas que suceden en nuestra parroquia.

Dios me ha ido preparando de manera diversa y difícil para el servicio encomendado, no es fácil acompañar en el duelo a los feligreses cuando ni yo mismo tengo tiempo, y creo, que ni ganas para hacer de forma decente mis propios duelos. Hace pocos meses me toco la terrible experiencia de acompañar a una de mis hermanas en todo el largo proceso, por desgracia en mi país es largo, terrible y casi inhumano, de recoger el cadáver de mi sobrina en la morgue. Una chica de 25 años, hija única, murió saliendo de la universidad en un accidente en moto. Pude entender de nuevo y de modo mas chocante lo que significa para tantas familiar no hacer el velorio en una funeraria o en casa sino en la puerta de la morgue, uno o dos días mientras te entregan a tu familiar. al menos a nosotros nos toco solo pasar todo un día sentado en la puerta y corriendo de un lado para otro y al final de la tarde cuando ya pensábamos que nos tendríamos que quedar allí, nos las entregaron. Es increíble cómo surge la solidaridad en ese lugar, todos somos unos.

Si un policía sale no solo preguntas por tu familiar sino por los de los demás, si hay que entregar un documento buscan también para otros. Es un sitio pastoral que descubrí abandonado pero no me siento con ganar ni fuerzas para trabajar allí. Esa experiencia me ha llevado a acompañar a un grupo de mujeres en la parte alta del barrio que han perdido a uno o varios hijos por la violencia. Aun no sé qué hacer ni cómo hacerlo, por lo pronto nos reunimos a escuchar nuestras historias, con estas mujeres, incluyendo a mi hermana que no va al grupo pero que hablamos frecuentemente, mi fe se ha consolidado. Realmente nunca Dios abandona a sus hijos. No le puedo negar que no hayan días que me provoca no reunirme y dejarlo hasta allí. Pero el recuerdo del testimonio de ellas me levanta.

Gracias por sus palabras y sabios consejos. Muchas veces pienso que cómo hubiese reaccionado usted en algunas situaciones y tomo un poco de valor. Le pido que rece por mi, soy “frágil” en todos los sentidos y no siempre pueda que sea un buen testigo de Cristo. Recuerde que por aquí en Caracas tiene una casa donde llegar, que desde ya le digo que es suya. Un fuerte abrazo.

A.

 

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