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Salud con rostro humano

Autor: José Carlos Bermejo

Año publicación: 2025

Basta salir de casa, traspasar la frontera, salir del ahora, retornar a otros tiempos, para ver la envergadura de la diferencia en el mirar, vivir y acompañar en la enfermedad y el sufrimiento. No pocos enfermos eran (¡y en parte también son!) atados a un árbol en el bosque, retirados de la comunidad por poseídos o contaminados y contagiosos, considerados como castigados por Dios. Es el influjo de la cultura en el mundo de la salud, del modo de pensar la salud y articular el cuidado.

Yo soy yo y mis circunstancias, es la sentencia heideggeriana. El cuerpo enfermo encarna la interpretación del contexto y de las costumbres en el enfermar. Alrededor suyo se construye una escena que expresa un modus vivendi, un modus operandi, un tejido social que mira y actúa, más allá de la mera biología, pero empezando por ella.

Biografía que enferma

Que el ser humano no es solo un organismo biológico, es una obviedad. Es también un ser cultural, relacional, espiritual. Somos cuerpo sí, pero también biografía, historia, identidad. Y esta biografía está tejida en un contexto cultural que da forma a cómo comprendemos el sufrimiento, la enfermedad, el cuidado y la muerte.

Cada persona que acude a un Centro de salud, no trae solo síntomas, sino también preguntas de sentido, valores, temores, significados que surgen de su propia cultura. Pero también cada profesional de la salud vive y se expresa desde un marco cultural. Define, aunque inconscientemente, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte. Cada uno mira la salud y la enfermedad contextualizada, y piensa y actúa en el marco de las posibilidades que el conjunto de recursos le permiten o cuyo itinerario marcan.

Las palabras y las significaciones surgen del cultus, del conjunto de pensamientos, costumbres, valores, leyes, que el ser humano está utilizando en el momento para mirar y actuar ante la vulnerabilidad humana hecha fragilidad, hecha infirmitas.

Qué y cuántos recursos materiales se utilizan, a quiénes se les asignan y en qué medida y con qué agilidad, qué rol juega la familia, cómo se vive la dependencia o pérdida de la autonomía, qué practicas o creencias acompañan el proceso de enfermar o de morir, constituyen, entre otros, la dimensión cultural de la salud. Pero también qué es un hospital, cómo actúa e interactúa con los pacientes, sus asociaciones, las empresas, las universidades, el gobierno, la educación… Todos estos son la urdimbre con la que se construye el tejido social en torno a la enfermedad, el sufrir y el morir.

Cultura que sana

La cultura puede enfermar, además de estar enferma y violar la dignidad del ser humano. La cultura puede ser nociva y noógena si no se humaniza para humanizar. Viva como está, la cultura nos hace acuñar costumbres que enferman y sanan (desde la alimentación, a comportamientos de riesgo, a adicciones, a creencias tóxicas, etc.).

Desde la perspectiva de la humanización, la cultura no es un accesorio ni una nota al pie. Es parte sustancial del proceso de atención sanante, terapéutica, preventiva, paliativa. Una cultura del cuidado debe ser capaz de acoger la diversidad, de respetar las cosmovisiones, de adaptar el lenguaje y los gestos para que nadie se sienta excluido o reducido a un número de historia clínica. Pero, sobre todo, el cuidado necesitado debe llegar a todos, todos, todos.

En la cultura contemporánea, fuertemente técnica y a veces despersonalizadora, humanizar la salud se convierte en un acto contracultural. Es necesario recordar que cuidar no es solo aplicar un tratamiento o realizar un procedimiento. Cuidar es acompañar desde una actitud de profunda calidad humana, profesional y ética.

Este acompañamiento requiere una mirada integral: bio-psico-social-espiritual. Y también exige una actitud de humildad cultural: no damos por sentado que nuestra forma de entender la salud o la enfermedad es universal. Escuchamos, preguntamos, acogemos. Nos dejamos afectar por el otro, que además de encarnado en una cultura, puede ser diverso culturalmente. Humanizar es resistirse a la indiferencia y superar todo rechazo a la diversidad. Es integrar la legítima rareza en el encuentro de cuidado, alumbrando salud desde la relación y la interacción.

Humanizar, entonces, comporta asumir que el cuidado implica necesariamente un vínculo, una relación interpersonal en la que el profesional no solo ofrece saberes, sino también presencia, escucha, ternura, que abre a la diversidad y genera compasión y hospitalidad. En un mundo de velocidad larga, cada vez más presionado por los tiempos, las listas de espera y la productividad, humanizar se convierte en una forma de cuidar el alma del cuidar.

Salud y enfermedad dichas

El sufrimiento mudo es más virulento. La enfermedad hecha metáfora es más poseída y significada. El morir elegante expresa el grado de humanidad del individuo y del colectivo.

Una salud verdaderamente humanizada será siempre una salud culturalmente sensible. Una salud capaz de dialogar con los valores de cada persona, capaz de hacer espacio al rito, al silencio, a lo sagrado. Una salud que reconozca que detrás de cada cuerpo enfermo hay una historia única, irrepetible, que merece ser acompañada con respeto y compasión. Humanizar, en definitiva, es un modo de estar, de mirar, de servir. Es una apuesta ética por el cuidado como espacio privilegiado de humanidad compartida. Y en ese horizonte, la cultura no es un obstáculo, sino un puente.

Humanizar no es un lujo para tiempos de bonanza, ni puede ser para unos pocos. Es una exigencia ética universal, especialmente en contextos de vulnerabilidad. Significa resistirse a la despersonalización, al anonimato, a la frialdad de algunos entornos sanitarios, a la descontextualización del enfermar, del sanar, del cuidad y del morir. Significa devolver el rostro, el nombre, la historia, al terreno de la dignidad.

En una sociedad cada vez más tecnológica, la humanización se convierte en un arte contracultural. Es un acto de resistencia amorosa frente a la lógica de la eficiencia y la rentabilidad. Es cuidar no solo el cuerpo, sino también la cultura del cuidar. Es recordar que en cada paciente hay una dignidad inviolable, una historia sagrada, un deseo de ser acogido como único.

Por eso, cultura y salud no son realidades paralelas, sino caminos que se entrecruzan en la experiencia concreta del cuidado. Humanizar la salud implica tejer puentes entre lo clínico y lo simbólico, entre la técnica y la ternura, entre la evidencia científica y la compasión activa.

Salud, enfermedad y muerte, para ser humanizadas, necesitan ser dichas, expresadas, narradas, sostenidas por el poder de la palabra y del gesto, del símbolo y del rito. De lo contrario, se abre el paso a la veterinaria. Pero nada humanizará más que hacer universales todas y las mejores prestaciones sanitarias como hábito sin restricciones ni esperas.

Humanizar la salud desde la cultura es, en el fondo, un acto de fe en el ser humano. Fe en que cada vida, aun en su fragilidad, merece ser vivida con sentido. Fe en que cada gesto de cuidado puede ser una chispa de esperanza. Fe en que, la ternura también cura.

Ricoeur, P. (1990). El sí mismo como otro. Madrid: Trotta.

Mead, M. (1970). Cultura y compromiso. Buenos Aires: Paidós.

 

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