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Trabajar con discapacidad

Autor: José Carlos Bermejo

Año publicación: 2024

Encontrar trabajo, para una persona con discapacidad, parece que suele ser un desafío mayor que para la media de la ciudadanía, que ya es decir, en algunos países. Pero trabajar con la propia discapacidad y con la discapacidad del compañero, también es un gran desafío. No me refiero a las discapacidades reconocidas por los que valoran y validan ayudas o prestaciones de servicios. Pienso más bien en la discapacidad o sombra que todo ser humano tenemos, lo que nos limita, lo que quizás nos cuesta reconocer, así como lo que limita a quienes me rodean, particularmente en el mundo laboral.

En varias reuniones y congresos del mundo de los profesionales sanitarios, he podido darme cuenta de las dificultades relacionales en los equipos, tanto en los que se forman de iguales, profesionales de la misma rama, como en los grupos multiprofesionales, llamados a trabajar interdisciplinarmente.

En no pocas reuniones he presentado de manera provocadora este cuento.

Asamblea en la carpintería

Cuentan que, a media noche, hubo en la carpintería una extraña asamblea. Las herramientas se habían reunido para arreglar las diferencias que no las dejaban trabajar.

El Martillo pretendió ejercer la presidencia de la reunión, pero enseguida la asamblea le notificó que tenía que renunciar:

            – No puedes presidir, Martillo –le dijo el portavoz de la asamblea–. Haces demasiado ruido y te pasas todo el tiempo golpeando.

            El Martillo aceptó su culpa, pero propuso:

            – Si yo no presido, pido que también sea expulsado el Tornillo, puesto que siempre hay que darle muchas vueltas para que sirva para algo.

            El Tornillo dijo que aceptaba su expulsión, pero propuso una condición:

            – Si yo me voy, expulsad también a la Lija, puesto que es muy áspera en su trato y siempre tiene fricciones con los demás.

            La Lija dijo que no iría a no ser que fuera expulsado el Metro. Afirmó:

            – El Metro se pasa todo el tiempo midiendo a los demás según su propia medida como si fuera el único perfecto.

            Estando la reunión en tan delicado momento, apareció inesperadamente el Carpintero que se puso su delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Trabajó la madera hasta acabar un mueble. Al terminar su trabajo se fue.

            Cuando la carpintería volvió a quedar a solas, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando el Serrucho, que aún no había tomado la palabra, habló:

            – Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades; son ellas las que nos hacen valiosos. Así que propongo que no nos centremos tanto en nuestros puntos débiles y que nos concentremos en la utilidad de nuestros puntos fuertes.

La asamblea valoró entonces que el Martillo era fuerte; el Tornillo unía y daba fuerza; la Lija era especial para afinar y limar asperezas; y observaron que el Metro era preciso y exacto. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.

El arte de integrar

Recuerdo un grupo directivo de un gran servicio de salud que, al terminar una sesión formativa en la que usé este recurso, se clasificaron recíprocamente en torno a quién quedaba representado por cada uno de los personajes del cuento, como subrayando la dimensión de la personalidad que mejor quedaba definida a partir de su tendencia o estilo de relación dentro del equipo de trabajo. Me pareció interesante, porque fue hecho de manera respetuosa y jocosa.

Trabajar en equipo, sin duda, presenta el desafío de trabajar con las heridas o sombras, límites o rasgos de la personalidad de todos y cada uno que, en ocasiones, se presentan como discapacidades limitantes, quizás incómodas para los demás. Con frecuencia, como ha ocurrido a lo largo de la historia con la discapacidad, se mira en tono moralizante y descalificativo, cuando no humillante. Sin embargo, con gusto evocamos la oportunidad de “integrar la sombra”, honrando a Carl Jung y el paradigma del sanador herido.

Lograr transformar la herida en fuente de sanación, los límites en recursos, la cara oscura en posibilidad que potencia la luz, es una posibilidad que queda comprendida también en el concepto de resiliencia.

Son quizás las prestaciones o beneficios secundarios de la discapacidad de todo ser humano, lo que también nos humaniza. La vieja sentencia de Terencio: “nada humano me es ajeno”, nos posiciona a todos en el grupo de limitados y vulnerables, luminosos y oscuros, con tendencias propias del eros, pero también del thanatos, constructivas y destructivas. Idealizarse a sí mismo, soñarse sin límites, esperar que los miembros de un equipo no los tengan, es el camino asegurado hacia la frustración. Sin embargo, armonizarse con capacidades y discapacidades, con virtudes y límites, puede hacer de un grupo un verdadero equipo.

Monbourquette, en su interesante trabajo sobre Reconciliarse con la propia sombra, propone identificarla, conocerla, dialogar con ella, convertirla en amiga, encontrar el niño herido, armonizar los elementos contrarios, superar la tentación de identificarla en el mal moral, integrarla, sin que eso signifique obedecer los impulsos que pueda proyectar.

Límites hechos recursos

No es posible acoger la fragilidad y ayudar a curar las heridas de los demás sin haber acogido antes y cuidado nuestras propias heridas, nuestra propia vulnerabilidad. Quien es consciente de la propia vulnerabilidad, pero es incapaz de aceptarla e integrarla, tiende a alejarse de la persona que sufre.

Integrar la propia sombra empieza por reconocer que existe, que nos pertenece, que nos influye, conocerla. Pero no es suficiente. Se hace oportuno “recuperar la sombra” para integrarla. El descubrimiento de la sombra tiene por objeto fomentar nuestra relación con lo no consciente y expandir nuestra identidad sacando nuestras capacidades ocultas, las que proceden, justamente, de esta oscuridad.

Tomar en serio lo narrativo, inherente a las profesiones biomédicas y de acompañamiento psico-espiritual, no es una anécdota, o un barniz, sino integrar la versión más humanizadora de las prácticas de ayuda en el sufrimiento humano. El relato del ayudado, su opinión, su interpretación, sus deseos, sus hipótesis, sus resistencias a las conductas saludables y tratamientos, son imprescindibles en los procesos de salud. La atestiguación empática, la escucha auténtica de la narración, es un acto moral y terapéutico.

La sanación de estas heridas no será la negación de las mismas, sino la vida armónica interna. No se trata de suprimir el problema o el sufrimiento, sino de aceptarlo, integrarlo, trascenderlo. La sanación implica un sano amor propio y confianza, decidiendo el desde dónde y cómo vivir.

Integrar es reconocer y trabajar ambos lados: las cualidades de las que no nos enorgullecemos y nos abren nuevas posibilidades porque vienen de la sombra, del ámbito de la discapacidad. Integrar es cuestión de amor, también a lo no visible de uno mismo; es un modo de dejar salir a la luz, desvelar lo que nos mueve, para sacarle partido.

La humildad y la verdad, nos hacen percibir que en el histórico de fragilidad hay recursos. Integrar la sombra, sacarle partido, humaniza. Aprender de ella, nos hace resilientes.

 

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