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Desmotivación y acidia

Autor: José Carlos Bermejo

Año publicación: 2023

Desidia, flojedad, negligencia, pereza, dicen ser sinónimos. Falta de esfuerzo o dedicación para la realización de las tareas. No es pecado para Santo Tomás, ni una flaqueza humana moral, ni corporal, a ciertas horas del día, sino más bien una categoría emocional que evoca la pasividad, la tristeza y nostalgia.

Claro, que uno puede entregarse en manos de la acidia, de la pasividad, del abandono del deber de cuidar, de trabajar, y caer en una tristeza que apesadumbra, que deprime el ánimo de la persona, corrosiva como el ácido, que provoca hastío para obrar, pereza y vagancia, con tendencia a la dejadez.

Malestar y desmotivación

Tanta humildad, tan poca autoexigencia, en algunas personas o momentos, genera un abandono y un apagamiento de la energía vital, que deja las cosas sin hacer. Por ser tristeza, la acidia se opone al gozo, y es espacio de malestar desmotivacional que lleva a un inconformismo que admite grados altos y malestar.

Como todo, en el mundo emocional, gestionado saludablemente, es espacio de humanización. Dejado a su propia energía y gobierno, puede ser espacio de deshumanización y abandono de una vida solidaria, comprometida, proactiva hacia el bien.

No sé si ser “ni-ni” es una actitud ante la acidia, o una opción por la acidia o, como me gusta decir en otros contextos, un modo de viajar en “la chiva”, ese vehículo colombiano –ahora turístico- que permitía desplazarse entre el mundo rural con todos los productos y bienes de primera necesidad y que iba cargado hasta arriba. Ahora, vehículo turístico en el que cabe preguntarse dónde queremos viajar: contribuyendo en la conducción, poniendo el palo entre las ruedas, bailando en la pista interna adaptada, o arriba, en la vaca, tirado vagamente a merced de que los otros trabajen y me las den todas.

No es fácil identificar los móviles de las personas o las situaciones en las que parece estar muerta la gana de esforzarse, de trabajar, de contribuir a la causa humanizadora. ¿Cuál es el límite entre la pereza, la desidia, la vaciedad, la pasividad temperamental, y lo que llamaríamos también “tener mucho morro”? Más difícil aún es discernir –en particular cuando hay intereses espurios- entre cansancio, burnout, depresión, vacío existencial. No solo porque la línea que los divide pueda ser, en ocasiones, sutil, sino porque no se presentan en estado puro.

En la literatura, no ha faltado quienes lo han considerado como un desorden de la espiritualidad, un vicio, un pecado, que impide los objetivos más nobles de la persona y las exigencias de su dimensión relacional, particularmente en la Edad Media.

La profunda tristeza que lentifica y entumece las fuerzas de la persona, ha sido de interés, particularmente interesante en contexto cristiano, en el mundo de los monjes, empezando por los Padres del Desierto (desde el siglo III), pero es de interés universal y la percibimos allí donde nos parece que la motivación está muerta.

Acidia y negligencia

La acidia se considera también una despreocupación o indiferencia, una tendencia a quedarse en el momento, interesado “por los muertos” y por “mantener el duelo”, descuidándose a sí mismo y viviendo en una ligereza o superficialidad en el tratamiento de la propia vida. Sin lágrimas, sin fervor, solo descuido y tristeza.

Este estado de acidia –o acedia- no es una simple desgana o pereza, sino un mal que se ensaña en la actividad y responsabilidad de las personas, descuidando el cumplimiento de los propios deberes.

En el marco de la patrística, la tarea de encontrar una motivación donde parece no existir, es una cuestión moral, pero también de conocimiento; es decir, que consiste también en dejarse atraer por la bondad de la naturaleza de las cosas, y no por su dimensión oscura. Gustar, disfrutar la realidad, cuidarla por el bien que contiene y puede procurar, abre a la superación de la postración que produce la acidia, generando languidez y tristeza.

La persona que sufre acidia vive intensamente el resultado de los pensamientos dañinos, malvados, que secuestran parte de la voluntad. Quizás es, o ha sido, víctima de relaciones tóxicas, de espacios que generan oscuridad, apatía, crítica destructiva abundante. Quizás no ha recibido suficiente capacidad de nombrar los sentimientos, gestionar el tiempo libre, identificar el sano cansancio fruto del espíritu sacrificado, el buen estrés que motiva, la sabiduría que pone límites a los estímulos internos y externos.

Guardianes del corazón

Algunos libros de la Sabiduría evocan la importancia de la cura de la acidia: “Debemos guardar nuestros corazones con toda vigilancia” (Prov 4,33), expresión que hoy entraría también en el capítulo de cuidarse para cuidar y, en cierta medida, en el mundo evocado con la palabra autocompasión y las investigaciones recientes al respecto.

Comprenderse y ser amable consigo mismo, también con los errores, sin entregarse a la seducción del desánimo y de la desmotivación, pero sí al descanso suficiente, al cuidado adecuado, al no cultivo patológico de la culpa y del castigo, genera una sana autoindulgencia y un estado mental y emocional que no se hunde en el victimismo, sino que arranca la confianza y la bondad. La autocompasión requiere una conciencia plena, un enfoque equilibrado de los sentimientos negativos, sin represión ni agresividad. Autoexploración y ternura, curiosidad y asombro, amabilidad y “autoempatía” no disminuyen la responsabilidad ética, sino que generan salud para hacer frente a la limitación humana. Autocompadecerse no es darse pena ni ser victimista, sino misericordioso y amoroso con uno mismo.

Vivir como hijos de la luz y no de las tinieblas, es a lo que exhorta Pablo de Tarso en su carta a los habitantes de la ciudad de Éfeso, invitándoles a vivir sobrios, pero despiertos. Y escribiendo a Timoneo, le dice claramente: “Ten cuidado de ti mismo”, como también Lucas, en el libro de los Hechos, dice: “ustedes deben cuidarse a sí mismos”, quizás empezando por los pensamientos.

Así, decía Gandhi: “cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino”.

Ética de la delicadeza

Hablamos mucho de cuidarse a sí mismo, en particular, en escenarios donde hay roles de cuidado a otras personas. Presentamos fácilmente, a modo de lema, la necesidad de cuidar el propio ánimo, el propio cuerpo, la gestión emocional, los valores, la dimensión espiritual, las relaciones, el ocio…

El cuidado es la cualidad esencial del ser humano. Es una forma de reconocer la identidad relacional, la vulnerabilidad y la necesidad recíproca. Llevar una vida interior rica, sin caer en el extremo del individualismo, abre las puertas a un autocuidado como expresión de una ética de la delicadeza.

La delicadeza para con uno mismo empieza por el cuidado de los pensamientos, poniendo las propias murallas espirituales ante los pensamientos que terminan haciendo sentir picazón del corazón, en palabras de Casiano, producciones obsesivas del espíritu.

Cuidar y buscar las palabras que sanan, que estimulan, las relaciones no tóxicas sino motivadoras, que ayudan a significar con sentido, a sanar lo herido con ternura.

La delicadeza para con uno mismo, con frecuencia generará compasión –motivación- ante el sufrimiento ajeno, interés y diligencia para vivir en clave de solidaridad y sentido.

 

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