Año publicación: 2021
Las relaciones de ayuda se apoyan en sólidas claves actitudinales por parte del counsellor, consejero o ayudante: la empatía, la autenticidad y el respeto o consideración positiva. Conocemos estas tres referencias como la triada rogeriana, por haber sido Carl Rogers quien, en el origen del counselling, las propone como necesarias para la eficacia de la relación. El respeto se ha formulado en clave de consideración positiva incondicional, una forma de mirar que no juzga, sino que refuerza en lo positivo. y acepta a la persona sin condiciones.
Según Rogers, la consideración positiva incondicional, el respeto por el otro, en la forma de acompañamiento no directivo, significa la aceptación confiada que apoya, cordialmente, a la persona ayudada. Se trata de una mirada libre y que valida a la persona, apuntando a su parte positiva y con confianza en sus potencialidades. El ayudado, mirado así, no solo tiene problemas, sino que también cuenta con recursos, con los cuales puede enfrentar sus dificultades exitosamente.
Respeto incondicional
En ocasiones, quizás superficialmente, o como una expresión seductora de algunos públicos acríticos o con poco fundamento ético, esta actitud de la triada rogeriana, se ha mirado como una especie de permisivismo y ausencia de juicio moral, tanto sobre las personas como sobre las conductas.
Mirar en positivo, mirar lo positivo, reconocer la valía del otro, está de moda. Es un enfoque diferente al que nos acompañó durante siglos: revisar la conducta, reconocer los límites, darse cuenta de las propias culpas, considerarse a sí mismo poca cosa… La mirada positiva, el respeto, de esta manera, se presenta como una propuesta nueva, atractiva, un referente humanizador que proclama al ser humano bueno por naturaleza, que tiende al bien y al desarrollo o, dicho de otro modo, a lo que Rogers llamó “tendencia actualizante”.
Pero las cosas no son tan fáciles. Sabemos, por experiencia, que el ser humano también tiende al mal. Se mueve entre ángel y demonio, entre constructor y destructor, entre altruista y egoísta, entre pacífico y violento. Esto es así y más vale aceptarlo que negar la tendencia al mal despreciando esta parte de la realidad como si de una mirada trasnochada se tratara.
No es extraño para mí, escuchar en algunos encuentros formativos en los que se habla del enfoque centrado en la persona, humanista, de relación de ayuda, fórmulas que son insostenibles, pero que caen bien al ser dichas. “Nosotros –los counsellors- mostramos al cliente –o consultante- que, decida lo que decida, nos parece bien y le apoyamos”, escuchaba yo hace unas semanas en boca de un conferenciante. Despachaba así una tergiversación del concepto de respeto en el counselling.
El respeto, o consideración positiva, implica el aprecio del valor del asesorado y el reconocimiento de su dignidad como persona. Se acepta, por tanto, el hecho de la libertad del ayudado y su derecho a tomar decisiones, que él considere convenientes, pero no se consagran como buenas tales decisiones.
El respeto en las relaciones de ayuda, más que validando las decisiones del otro –que, obviamente, pueden ser erróneas o dañinas-, se comunica a través de acciones y, especialmente a través de cómo el ayudante se orienta y trabaja con el ayudado. “Estoy por ti”, es el mensaje de fondo, no “estoy de acuerdo contigo”. “Estoy a favor tuyo”, de tu humanidad, como también a favor de la humanidad de las personas que puedan estar implicadas en tu vida y en tu sufrir. “Estoy a favor tuyo”, lejos de significar “estoy de acuerdo contigo”, comporta que me comprometo a buscar el bien contigo; apuesto por tu desarrollo constructivo, personal, relacional, considerando tu individualidad, pero no tu desconexión con los valores y las demás personas. El ayudante acompaña así a potenciar de manera constructiva la realización del ayudado.
La incondicionalidad del respeto no puede ser complicidad para el mal o pasividad ante la eventual o necesaria confrontación.
Los valores como referentes
En nuestros tiempos, en buena medida, el paradigma emocional se ha ido imponiendo, mostrándose una idea de que sentirse bien, hacer lo que nos hace sentir bien, es el objetivo o ideal que termina definiendo también el horizonte de relaciones de ayuda. “Y esto, ¿cómo te hace sentir?” Y “¿qué te podría hacer sentir mejor”, y otras preguntas semejantes, se convierten en referentes para una entrevista de relación de ayuda.
El mundo de los sentimientos parece ser la referencia fundamental. Y, en realidad, podemos dejar de lado la imprescindible evocación de los valores.
No ha sido este un tema recurrente en acciones formativas sobre relación de ayuda y counselling. Sin embargo, es fundamental, imprescindible. Forma parte del proceso de acompañamiento la identificación de esas claves de valor que el ayudado quiere que orienten su vida, su hacer, su relacionarse, su modo de gestionar los pensamientos y el sentido. Por tanto, clave de referencia en las relaciones de ayuda han de ser también preguntas tales como: “¿qué es bueno para ti?”, ¿qué es bueno para los demás?”, ¿qué crees que debes hacer?”, “¿qué repercusiones de bien o de daño tiene tal o cual conducta sobre ti y sobre los demás?”, “¿qué valores honras o deshonras con esta o aquella conducta?”.
Y los valores no pueden ser –como los sentimientos- mera evocación de experiencia subjetiva. Los terapeutas, counsellor o ayudantes, han de enseñar a las personas a identificar valores, ya conocidos o alternativos, interiorizados o pendientes.
Una de las tareas probablemente más arduas en las relaciones de ayuda sea la de ayudar a discernir en medio de los valores en conflicto. Es el arte de acompañar a tomar decisiones ponderadas, prudentes, buscadoras del bien, de lo bueno, de lo justo, de lo saludable, aunque, en ocasiones, esto no genere precisamente bienestar emocional. Ni el proceso, ni el punto de llegada. Ambos pueden ser, en cierta medida, incómodos, displacenteros, pero oportunos, para dar con el camino excelente, el que mejor persona me hace.
Es claro que entre ayudante y ayudado puede haber diversidad de escalas de valores. Es aquí donde, de nuevo, aterriza el respeto, como disposición de acogida ante la diversidad, pero nunca como complicidad ante lo que hace daño a unos u otros. La comunicación de los propios valores –particularmente por ósmosis-, por parte del ayudante, es un arte impregnado de respeto a uno mismo y al otro. Una particular disposición y habilidad para iluminar la conciencia sin moralizar, sin juzgar descalificando, pero con criterio del juicio que nace de la rectitud de intención, del respeto sagrado a lo que protege la vida, la paz, la justicia. Y, sin olvidar que, lo primero en ética es no hacer daño.
El respeto, en las relaciones de ayuda, no evoca solo la sana tolerancia, sino la identificación de la dignidad. Y Rogers no dudó en calificar la disposición del ayudante en las relaciones de ayuda de amor por el cliente. El amor, sin duda, es la forma más noble de respeto. Y el respeto es una de las grandes expresiones del amor.
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