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Empatía y compatía

Autor: José Carlos Bermejo

Año publicación: 2021

No está en el diccionario. Sin embargo, el neologismo compatía está cada vez más presente en artículos que hablan sobre relaciones terapéuticas y sobre relaciones difíciles, particularmente con quien está enojado. Su significado baila entre las palabras empatía, simpatía y compasión, palabras cada vez más polisémicas y más necesitadas de ser desbrozadas en el bosque conceptual que se ha construido en torno a ellas.

Nadie duda hoy que una de las claves más potentes para humanizar, particularmente el mundo de la salud, es impregnar las relaciones de cuidado, de la actitud empática.

Empatía espontánea

Los hallazgos en la universidad de Parma en torno a las neuronas espejo, base neurológica de la empatía, nos permiten decir que la tendencia a la imitación y a la identificación con nuestros semejantes, es espontánea. Por eso, hablamos de la empatía como una actividad pre-reflexiva, fruto del reflejo de las neuronas congruentes que, de modo natural, provoca un cierto contagio emocional y genera una conducta que ejemplifica la solidaridad implícita en la naturaleza humana. En este nivel, la empatía está más vinculada a una emoción relacionada con el daño del otro y el cuidado al que nos sentimos interpelados al contemplarlo.

De manera espontánea también, la empatía nos lleva a evocar experiencias sentidas previamente por uno mismo. Parece –según indican diferentes autores-, más frecuente entre las mujeres que entre los hombres, por razones de tipo cultural, además de diferencias de tipo biológico, relacionadas con ciertas hormonas, neurotransmisores y ciertos genes.

Curiosamente, las áreas cerebrales involucradas en la empatía y en la violencia, son las mismas, y cada una ejerce una función inhibitoria de la otra. De ahí que experiencias de maltrato puedan anular la capacidad empática de la persona. Algunos niños maltratados no tienen conductas de empatía espontánea, sino que en ellos aumenta el potencial violento adulto, debido no solo al aprendizaje, sino al daño estructural del cerebro. Estos daños sufridos pueden ser irreversibles, salvo que haya mucho potencial resiliente en el individuo, en la comunidad, y se refuerce mediante alguna forma de tutoría.

Empatía actitudinal

Cuidar en clave humanizadora tiene entre las referencias más importantes el despliegue de la actitud empática. En estos últimos años está sucediendo que el concepto se populariza, se hace polisémico, a la vez que nuevos estudios llevan a profundizarlo.

Como solemos repetir, en los contextos profesionales, de relación de ayuda, la empatía es una actitud propuesta para la alianza terapéutica. La empatía terapéutica es, en este sentido, una actitud, reflexiva, fruto del comportamiento proactivo, que transforma la relación de cuidado humanizándola, permitiendo captar con precisión lo que la otra persona piensa o siente, y responder así de manera comprensiva, sin juicio. En ella concurre la dimensión cognitiva, afectiva y conductual. La persona en actitud empática, capta con precisión los significados, sentimientos, recursos, valoraciones de aquel a quien ayuda. Y es capaz de construir conductas comunicativas que devuelven esta comprensión de forma no valorativa, sin exceso de interpretación.

La empatía terapéutica es una forma de hospitalidad compasiva que impide el maltrato y la violencia, la humillación, la vergüenza, de cualquier tipo, que modula la relación de manera profesionalmente saludable, sabiendo que tiene un coste, y por eso requiere un equilibrio en la gestión del fusionarse con el otro, conservando el propio espacio de identidad.

Un terapeuta audaz traduce la empatía en escucha de riesgo, utiliza todo el bagaje intelectual, provoca un co-pensar antes de interpretar, se convierte en un “yo-auxiliar” que heterorregula al paciente para ir fomentando la autoconfianza en la propia regulación. Un terapeuta maduro, no se esconde en la abstinencia terapéutica, sabe que es imposible ser neutral o aséptico especularmente, maneja la subjetividad como resorte terapéutico imprescindible. Un terapeuta empático senior, respira empáticamente la subjetividad del paciente, señalándole aquellos códigos que le llevan a aferrarse a sus traumas o a su identidad de enfermo o víctima, y los confronta con soltura y prudencia, generando así un cambio psíquico como consecuencia de la fecundidad de la relación terapéutica.

El atente de salud humanizador, realiza su inmersión empática en el paciente, no como si se tratase de una pose, de una disponibilidad periférica, atenta y cordial al modo social, sino como algo comprometido y profundo, fruto de una actitud ética ante el otro, que le lleva a decir: “aquí estoy, todo para ti”. Hay, por tanto, una disposición a quedarse temporalmente con una parte del sufrimiento del otro que será de alivio para aquel.

Empatizar implica no solo ponerse en el lugar del otro, sino poner al otro en uno mismo, llegando a ser el hábitat de otra persona, manejando saludablemente la diferencia, pero aceptando que el hospedador se convierte también en huésped en esa tienda íntima del ayudado en la que ha entrado. Es así como, sanadores heridos que somos, nos vemos transformados y reorganizados unos y otros, terapeutas y pacientes. No porque la relación sea simétrica o la empatía sea bidireccional, ni porque el tratamiento terapéutico sea recíproco, sino porque la empatía arranca de cuajo ese guión predeterminado y rígido que convierte el encuentro terapéutico en algo ritual y burocrático con los salvavidas de las interpretaciones y herramientas de respuesta aprendidas.

Compatía

La compasión (compatía) es esa respuesta afectiva del ser humano que, contempla la desgracia ajena, reconoce el sentimiento de indignación que le produce y se preocupa de manera operativa por dar una respuesta. El daño inmerecido es el que suscita compasión. Quien se siente habitado por la compasión no desea compartir la suerte del otro, ni siquiera permanecer mucho en su compañía.

La compasión se produce en quien no es soberbio. Diríamos que se produce en el sabio (distinto de inteligente), en el sensato, en el humanizado. Siente compasión quien acepta su propia condición interdependiente, quien no juega a la autosuficiencia ni se avergüenza de la propia fragilidad.

Somos miembros de una comunidad compasiva, definida por sentimientos compartidos y sensibles al dolor y al sufrimiento de nuestros congéneres. La compasión es fruto del de la solidaridad con el sufrimiento de los demás, sobre todo cuando se percibe como injusto. No sentir compasión, sellaría la propia inhumanidad.

La compasión no se agota en la empatía, la supone. La compasión fundamenta una ética del cuidado que construye un mundo solidario con respuestas de diferente tipo, no solo en clave de terapia relacional, sino también en forma de auxilio físico y de socorro vital, comprometiendo a otras personas en la respuesta necesaria para la ayuda eficaz que nace de la compasión. La compasión activa la conciencia y el coraje de la corresponsabilidad siempre que no humilla ni se desliza en un superficial sentimiento de lástima o en una respuesta paternalista.

La compasión tiene también un precio, la fatiga por compasión, experimentada por quien vive en frecuente actitud de respuesta ante la vulnerabilidad ajena y por quien encuentre dificultad para separarse de la implicación. Pero la compasión tiene también un retorno positivo, la satisfacción por compasión, vinculada con el sano orgullo de la densidad humana de la respuesta solidaria, además del desarrollo personal provocado por este ser huésped en la tienda del otro, al que se ha hospedado.

                                                                

 

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