Ante situaciones especialmente delicadas al final de la vida, la reflexión ética y pastoral resulta imprescindible para promover una cultura del cuidado que acompañe el sufrimiento sin abandonar la dignidad de la persona. Compartimos a continuación la nota del obispo de Sant Feliu de Llobregat, que ofrece criterios de discernimiento desde la tradición cristiana y el compromiso con la humanización de la atención en contextos de vulnerabilidad.
Nota a los fieles católicos ante la práctica de la eutanasiaEn respuesta a las preguntas que algunos fieles me han hecho llegar respecto a la primera eutanasia practicada en el Hospital Residencia Sant Camil del Consorcio Sanitario del Alt Penedès-Garraf, centro de titularidad y gestión perteneciente a la sanidad pública, y desde el respeto y la cercanía al sufrimiento de las personas enfermas y de sus entornos familiares, sanitarios y comunitarios, quisiera ofrecer a los fieles católicos de la diócesis una palabra aclaratoria y de orientación ante este tipo de situaciones:
La fe de la Iglesia afirma que la vida humana es un don confiado a nuestro cuidado, no una posesión disponible según criterios de utilidad o de «calidad de vida». La Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe Samaritanus Bonus (2020), sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida, sostiene con rotundidad que «la eutanasia es un crimen que ninguna ley humana puede pretender legitimar» (IV, 1).
A su vez, la Declaración Dignitas Infinita (2024), sobre la dignidad humana, publicada por el mismo Dicasterio, recuerda que la dignidad ontológica de toda persona «permanece siempre» y no se pierde por enfermedad, fragilidad o sufrimiento; por ello, convertir la muerte en objetivo de una intervención médica supone una grave vulneración de esta dignidad. La legalización de estas prácticas en algunos países no las convierte en moralmente lícitas: «el hecho de que una práctica sea legal no la hace moralmente buena» (n. 12). La ley española que autoriza la eutanasia, y las resoluciones judiciales que impusieron su práctica en el Hospital Residencia Sant Camil del Consorcio Sanitario del Alt Penedès-Garraf, no cambian la verdad moral del acto, un acto ajeno a la voluntad y a los principios de la institución camiliana.
Los religiosos camilos, en tanto responsables del servicio de atención religiosa católica del Hospital, acompañaron a la joven Noelia Castillo desde su ingreso hasta donde les fue posible en una situación personal y familiar compleja, desde el respeto, la cercanía y la asistencia religiosa. Hicieron lo que pudieron para que el desenlace fuera otro. Trabajan por una cultura y una asistencia humanizada y respetuosa con la vida y con su cuidado en toda circunstancia.
Tal como hice en su momento, me remito a la nota del 26 de marzo de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española, donde se indica que la eutanasia «supone una derrota social cuando se presenta como respuesta al sufrimiento humano». La respuesta adecuada no pasa por eliminar a quien sufre, sino por aliviar su dolor, acompañarlo y cuidarlo con toda la dignidad y con la dotación de medios que merece. Aspecto este que necesita claramente mejoras en recursos humanos y presupuestarios por parte de nuestro servicio público de salud.
El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Reitero el compromiso de nuestra diócesis con la cultura de la vida e invito a los fieles católicos a discernir y actuar con coherencia con esta enseñanza sobre el valor y el carácter inviolable de la dignidad de toda vida humana cada día; y, aun navegando contracorriente, a anunciarlo como una buena noticia a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Sant Feliu de Llobregat, 2 de abril de 2026
Xabier Gómez, OPObispo
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