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Empatía ética

Vivo, vivo está este concepto. La empatía se convierte en clave de humanización de las relaciones de cuidado y, a su vez, en cuestionamiento sobre su suficiencia o su eventual uso perverso y abusivo en las relaciones.

Por eso, hace años, en el libro “La empatía terapéutica”, me atreví a subirme al carro de la propuesta de ponerle apellido al sujeto. Terapéutica para evocar un tipo de empatía que a la que nos solemos referir en acciones formativas o planeamientos humanizadores en el mundo de la salud y de los cuidados.

Pero, a la vista del uso tan popular de la palabra, son cada vez más los que proponen hablar de empatía ética, es decir de esa capacidad de comprender la experiencia, vulnerabilidad y perspectiva del otro, manteniendo la diferencia entre uno mismo y el otro, para orientar un juicio y una acción moralmente responsables. Nos ayuda a reforzar este concepto Martha Nussbaum en Emociones políticas. Quizás algunos siempre estuvimos en esta página, pero no todos.

Subrayar la relevancia de mantener la distancia suficiente, la “justa distancia” a la que se refería Recoeur, es uno de los aspectos subrayados hoy con más insistencia. Pero activar una respuesta compasiva, solidaria, de compromiso personal y comunitario por aliviar el sufrimiento ajeno de manera eficaz, es la dimensión conductual de la empatía que la hace realmente útil, que la saca del mero entendimiento cognitivo o de la superficial conexión emocional.

No estamos para pamplinas: la empatía, o es también conductual, compromiso compasivo, o no lo es. Le ponemos apellidos y santas pascuas.

 

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