Después del 20 de junio de 1614, Camilo escribió dos cartas: una firmada por él y dictada, y la otra escrita por él mismo, el 5 de julio.
La que firma, es dirigida al p. Agostino Grossi, superior de 5 casas que había en Nápoles, con un centenar de religiosos. Camilo es muy incisivo, y con amargura y pena pregunta si ha recibido la carta que le mandó para todos los padres y hermanos y si la ha leído en presencia de todos. Lo justifica diciendo que está peor y quiere a toda costa que esa carta sea leída por todos.
En el llamado Testamento espiritual, Camilo hace un ejercicio ejemplar de libertad. Muere, pero entrega la vida. Su contenido es:
Dejo este cuerpo mío a la misma tierra de donde vino.
Dejo al demonio tentador inicuo todos los pecados y todas las culpas.
Dejo en el mundo todas las vanidades, todas las realidades que pasan, los placeres mundanos, las esperanzas ilusorias, las cosas, los amigos, los parientes.
Dejo mi alma con todas sus potencias como regalo a mi amado Jesús, a su santísima Madre, a san Miguel arcángel y a mi ángel de la guarda.
Dejo también todo mi intelecto a san Miguel arcángel.
Dejo mi voluntad en manos de María.
Dejo a Jesucristo crucificado todo lo que soy, alma y cuerpo.
Y, consciente de la Orden que dejaba en el mundo, escribe su Carta Testamento el 10 de julio 1614, mostrando mucho interés de que se conserve para siempre.
“Caminemos todos con aquella rectitud y fidelidad que Dios quiere de nosotros”.
Exhorto a todos a ser fidelísimos defensores de la pobreza. Recuerdo la unión, la paz y la concordia entre padres y hermanos. Quiero que no se funde en las ciudades grandes y medianas, sino también en las pequeñas. Que no se tome nunca cuidado de lo espiritual exclusivamente, sin lo corporal”.
De su testamento espiritual, de las así llamadas protestas o afirmaciones de fe, dice Domenico Casera, quien fuera mi profesor y con el que viví en Roma varios años: “Las había escrito de su puño. Las pronunció con alguna añadidura hecha por él la víspera de su muerte por la mañana. Son personales y conmovedoras, no calcadas sobre los modelos que pululaban en aquella época. Quiso que las firmaran siete testigos. Pidió que se las ataran al brazo derecho para tenerlas presentes en el apretón de la agonía y suspendidas del cuello en el ataúd.”.
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