En el Hospital de Santiago de Roma, Camilo estuvo ingresado más de 4 años en 3 ocasiones, como enfermo, llegando luego a ser enfermero y director del propio hospital. Motivado por la experiencia personal y animado en su corazón por la experiencia de diálogo con Jesús, se dio cuenta de las numerosas necesidades existentes, de los reclamos de necesaria humanización.
No faltaban problemas como los que hoy referimos con la expresión “encarnizamiento terapéutico” o necesidad de adecuación de los cuidados a las circunstancias de cada paciente. Mientras que hoy nos empeñamos indebidamente con medidas extraordinarias, en ocasiones fútiles y no indicadas con personas que no son susceptibles de recibirlas, en tiempos de Camilo se hacía igualmente, en un contexto distinto en cuanto a tecnología disponible. El fondo es el mismo. Dice Cicatelli: «Muchos eran los que fallecían en sus propios lechos (...) sofocados por los propios parientes al llenarles la boca con excesivo alimento o demasiada bebida; en especial, cuando los pobres agonizantes padecían catarro o calentura y cualquier mínima cosa era bastante para sofocarlos (...). A pesar de ello, muchas mujeres, sencillas, obstinadas, no lo querían entender y, bajo pretexto de celo o afecto, les metían cualquier cosa en la boca, no dándose cuenta de que en vez de aliviarlos los mataban; convirtiéndose de esta manera en verdugos de sus propios maridos e hijos».
Y continúa: «Pero lo peor era que en este error no solo caían las personas sencillas, sino también muchos parroquianos y no pocos religiosos, por no tener práctica ni experiencia en acompañar a morir».
Mientras Camilo ejercía el cargo de mayordomo, día a día crecía en él la caridad hacia los enfermos de su hospital (...). Le apenaba en gran manera ver cómo sufrían por el trato de los empleados mercenarios. Y fue esto lo que motivó a Camilo a escribir las indicaciones concretas sobre cómo cuidar, de rabiosa actualidad para la humanización del mundo sanitario.
VOLVER




